domingo, 20 de marzo de 2011

¡Cuántas manos!

Esta entrada está dedicada a la mano, puesto que ¡hay muchas frases hechas y expresiones donde la mano toma parte! La mayoría son bastante conocidas, pero vamos a ir repasándolas.

En primer lugar, tenemos aquella de yo (, como Pilatos,) me lavo las manos, que decimos cuando queremos desentendernos de las responsabilidades, o cuando no estamos de acuerdo y con una decisión que hemos de aplicar, pero que han tomado otros. Esta frase viene de la Biblia: Poncio Pilatos se lavó las manos cuando condenó a muerte a Jesús por petición de la muchedumbre, simbolizando así su inocencia. Dice el Evangelio de San Mateo:
"Al ver Pilatos que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, pidió agua y se lavó las manos de cara a la gente, diciendo: Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!" (Mt. 27, 24-25).
De hecho, lavarse las manos como símbolo de purificación e inocencia era ya entonces una costumbre antigua, y de este modo decimos que alguien tiene las manos manchadas de sangre cuando ha cometido asesinato o ha ordenado matar a alguien. Así se atestigua, por ejemplo, en la célebre Lady Macbeth de la obra Macbeth, de Shakespeare, que, presa de los remordimientos por haber concebido el asesinato de Lord Duncan, no puede dejar de hacer como que se lava las manos: ella, en su locura, las ve llenas de sangre.

(Entra Lady Macbeth, sonámbula, y con una luz en la mano)

Aquí está, como suele, y dormida del todo. Acércate y repara.

EL MÉDICO. - ¿Dónde tomó esa luz?

LA DAMA. - La tiene siempre junto a su lecho. Así lo ha mandado.

EL MÉDICO. - Tiene los ojos abiertos.

LA DAMA. - Pero no ve.

EL MÉDICO. - Mira cómo se retuerce las manos.

LA DAMA. - Es su ademán más frecuente. Hace como quien se las lava.

LADY MACBETH. - Todavía están manchadas.

EL MÉDICO. - Oiré cuanto hable, y no lo borraré de la memoria.

LADY MACBETH. - ¡Lejos de mí esta horrible mancha!... Ya es la una... Las dos... Ya es hora... Qué triste está el infierno... ¡Vergüenza para ti, marido mío!... ¡Guerrero y cobarde!... ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?... ¿Pero cómo tenía aquel viejo tanta sangre?

EL MÉDICO. - ¿Oyes?

LADY MACBETH. - ¿Dónde está la mujer del señor Fife?... ¿Pero por qué no se lavan nunca mis manos?... Calma, señor, calma... ¡Qué dañosos son esos arrebatos! (Escena I, Acto V).

En este sentido de culpabilidad e inocencia, también buscamos una mano inocente cuando tenemos que hacer un sorteo o un escrutinio de votos, pues esa mano simboliza la ecuanimidad e imparcialidad del proceso.


Pero la cosa no acaba ahí: cuando estamos seguros de la integridad de una persona y confiamos en ella plenamente, decimos que estamos dispuestos a poner las manos en el fuego por esa persona. La frase tiene su origen en las pruebas de fuego medievales, que se usaban para, en teoría, establecer la verdad. En estos llamados Juicios de Dios se creía que, si Dios estaba con el acusado y este era inocente, el Señor no dejaría que se quemara. Era la misa idea que había en las quemas de brujas: si la mujer no era bruja, Dios la salvaría. Sobra decir que todos fueron culpables y brujas según estos juicios. Sin embargo, la frase ha quedado como muestra de lealtad a otra persona: de hecho, a veces reforzamos la frase añadiendo y no me quemo.


Cambiando de tema, tenemos también el refrán no muerdas la mano que te da de comer, que se utiliza para indicar que no debemos rebelarnos contra los que nos suministran el sustento: padres, jefes... Es una frase que nos advierte de que es necesaria la prudencia si queremos quejarnos de quien nos mantiene. Otra expresión importante es ser mano de santo, que se dice cuando algo, muchas veces una medicina o solución, arregla de manera fácil y rápida un problema.


Por último, citaré una frase que tiene historia: manos blancas no ofenden. Es el título de una obra de Calderón: Las manos blancas no ofenden (1640), que pudimos ver hace un par de años en Barcelona. La frase proviene del código galante en torno al duelo, que viene a decir que las manos de mujer (blancas) no han de doler, aún si nos dan una bofetada, puesto que pertenecen a una dama. Fue usada en un célebre episodio histórico.


Estando moribundo y acosado por varios poderosos, entre ellos, su ministro, Calomarde, Fernando VII anuló con un documento la Pragmática sanción que las Cortes habían publicado, por la cual se abolía la Ley Sálica que hubiera impedido reinar a su hija Isabel (la futura Isabel II). De esta forma, reinaría el infante Don Carlos. El rey entro en letargo y, al creer que había muerto, se divulgó el documento el día 18 de septiembre; sin embargo, se recuperó, y el día 22 la infanta Luisa Carlota, hermana de la reina, entró en la Granja y, sin miramientos, abofeteó al ministro Calomarde y rompió en pedazos el original del decreto que impedía reinar a su sobrina Isabel. Calomarde respondió entonces: "Señora, manos blancas no ofenden", y puso pies en polvorosa, huyendo a Francia. Nos lo cuenta Benito Pérez Galdós en su novela Los Apostólicos (1879), de los Episodios Nacionales.


Referencias: García Remiro, José Luis (2001). ¿Qué queremos decir cuando decimos...? Frases y dichos del lenguaje diario. Madrid: Alianza.

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